La Odisea, Christopher Nolan, 2026.

 

 

En un gesto pleno de traición a sí mismo y a la obra homérica, Christopher Nolan en los primeros minutos de su Odisea nos presenta la película como un caballo de Troya impregnado de ideología que no se ocupa del mito, sino del hito. Nolan se avoca en hacer sucesos, más no cine. Dichos sucesos son precisamente momentos que revelan la intencionalidad de generar un discurso momentáneo a manera de espectáculo de fuegos artificiales, que cuando concluye, todo mundo regresa a sus casas con la efímera satisfacción de ver una espectáculo rimbombante y ruidoso sin mayor despliegue.

 V.g.: ya nadie se acuerda de su Oppenhaimer y su bomba atómica con su nula aportacion a la historia del cine. Así como ésta última funcionó como correlato de la infame Barbie, La Odisea es hija de su tiempo. Una versión inflamada, más no sublimada del clasico de Homero. Justo en este momento todos los pseudo críticos vomitan sus comentarios como si fueran recién bajados de los drakkars nolescos de Odiseo. Nolan no respeta a Ulises, lo lleva a sus aguas turbias. Lo ve como un rey nefasto y atormentado, como en su momento lo hiciera con Batman, metiéndolo a su trick bag de artilugios baratos a los que ya nos tiene acostumbrados. 

Una versión mediocre y dotada de pretensión que desdibuja el mito y lo lleva al terreno del ruido y el teatro de poca monta.

Mario Praz juzga la obra de arte y el clásico valorados por justo lo que parece obsesionar a Nolan: el tiempo. Ya veremos si en lo postrero, este juego pirotécnico aguanta el paso de Cronos. 

Como ocurre en cada verano, los comentócratas vienen a vociferar y gritar que es la mejor película del año, que es la mejor versión que se ha hecho acerca del mito homérico, que Nolan es el director más grande de la historia y varias pavadas más. Eso si, en un mes ni quien hable de este producto olvidable que replica lo que hemos llamado la marvelización del cine con sus héroes y villanos con armaduras de plástico. Nolan va más allá, pretende explicar a Homero como si el legendario aeda no fuera suficiente. Desde su pomposidad ridícula y su solemnidad patética, mas no poética, busca tirarnos a la cara que todo es obra, no de los dioses sino de la perversidad de los hombres. Eso si, no prescinde de lo sobrenatural y sin temor extirpa de la historia su base fundamental, lo de Nolan es una épica castrada que elude la hybris y la mancha con la culpa y el pecado. Dos cosas totalmente diferentes. En un juego mágico convierte la hybris en pecado a la mal comprensión que se tiene de éste.

Algunos personajes son pésimos, un Menelao que parece cholo y habla como cholo, presentando no a Helena, sino a una ramera de color deformada por cicatrices. Esto no es una reactualización del mito, ni tampoco una recreación; es la inflamación del ego de un director que no cuenta historias, las banaliza para consumo. Nolan representa lo peor de su pais de origen, es un corsario que se apropia del tesoro de una cultura y lo exhibe con bombo y platillo.

El wokismo (protestantismo secularizado con culpa) impregna la pelicula, pero a penas y se da a notar porque navega encubierto. La guerra es vista como un mal en si mismo, el cíclope es un ogro al estilo de cuento de hadas (Nolan extirpa el punto central del relato en el que Odiseo cambia su nombre a Nadie), quita a Laertes y no le importa. Porque para Nolan lo vital es presentar a Odiseo como un rey funesto que carga con la culpa de haber ideado la treta del caballo. Nada mas ridículo que eso.

Bien sabemos que el tema del cine nolesco es el tiempo, aquí no es la excepción. El relato salta de un tema a otro, hilando un relato que va del presente al pasado jugando con el tiempo de los acontecimientos. Se encuentra presente de forma alegórica ese terrible Cronos representado en Polifemo y su imagen a la forma de la pintura de Goya. El odiseo nolesco emociona no por su "gran puesta en escena", sino porque el relato de origen ya es emocionante y tiene de facto los elementos que la hacen un relato impecable y hermoso. Nolan lo hace y lo pasa por el lente de la revisión modernista en la que los motivos de los protagonistas son sólo lo importante, más no el marco sagrado simbólico del relato y sus profundas imágenes que revelan el gran misterio de la vida y el sino.

Mucho ruido, pocas nueces. Un relato que parece obra de teatro con un Odiseo que no es el rey sufriente, sino el rey decadente y patético. La guerra es presentada como una simple carnicería sin sentido, perdiendo el carácter sagrado de ella en la que los mismos dioses intervienen para dirigir el destino de los hombres. La Odisea dejó de ser el relato glorioso de la virtud para convertirse en discurso moralino. Ciertas escenas pueden brillar como la de Circe, Nolan parte del fantástico para encumbrar su obra, en el terreno técnico es impecable, el uso de marionetas y maquetas nos brindan los mejores momentos del film. La película por momentos tiene esa aura de cómic de aventuras con sus túnicas y armaduras exageradas y que parecen de plástico.

Vale la pena verla en cine, por supuesto, pero tampoco exageremos queriéndola llevar al terreno de clásico instantáneo... El tiempo, sólo el tiempo lo dirá. 

En fin, el film es un pretexto para ir al cine en verano y contemplar el más reciente éxito de temporada. Le vamos a poner tres cerditos, en verdad que de allí no pasa por más que le den de comer. 🐖🐖🐖

Y a esos críticos que suspenden el juicio por emoción o retribución, les recomendamos parar, no es una obra maestra y si no entienden que taquilla no es garantía, es que no son críticos, son simples devoradores en la mesa de la comentocracia.

N.B. ¿Y Laertes, dónde diablos esta Laertes?

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