Las metáforas y símbolos teológicos en Metrópolis de Fritz Lang. A casi 100 años de su estreno.

Las metáforas y símbolos teológicos en Metrópolis de Fritz Lang.

A casi 100 años de su estreno.

“…et signa librum usque ad tempus statutum plurimi pertransibunt, et multiplex erit scientia.”

Dn 12:4, Vulgata Latina.

 

1.- Mítica Babel.

Como ya hemos escrito en otra parte, el marco de todo relato fantástico, y por ende el de la ficción científica, es el del cristianismo y sus visiones del mal y el cosmos. Para tratar in extenso este tema ya hemos escrito acerca del surgimiento de la fantástica en torno a la cosmovisión cristiana; no se pueden entender personajes como Drácula de Bram Soker o el Moderno Prometeo de Mary Shelley sin lo maligno demoniaco dentro el ámbito del cristianismo y sus misterios. El mundo de Metrópolis de 1927 de Fritz Lang no será la excepción.

En su película retrata una gran ciudad dominada por la técnica y su instrumentalización en el año 2026, donde se radicalizan dos polos sociales: la élite y los obreros. La cinta en su puesta en escena es la presentación babélica de una ciudad dominada por la tecnología y auspiciada por la explotación de una clase sobre otra. Sus imágenes atienden a lo simbólico y a lo alegórico como señas de un futuro en el que la humanidad del futuro ha encumbrado lo artificial como paraíso terrenal en el que muy pocos acceden. Todo inicia en un jardín primigenio en el que la élite goza mientras los obreros son exprimidos en terribles fábricas. Aquí comienzan a desplegarse las poderosas imágenes religiosas que impregnan el film: Moloch y Babel. En ese sentido, Metrópolis comienza en un jardín (los Jardines Eternos) y culmina con la ciudad, en aras de la reconstrucción por medio de la intermediación del corazón entre la cabeza y las manos, apuntando al ciclo bíblico iniciado en el Edén y cerrando en la afirmación de la Jerusalén celestial. En occidente dicho ciclo se encuentra expuesto en la historia de redención de la humanidad con la expulsión del paraíso, donde el hombre está condenado a construir de forma incesante su civilización, la progenie de Caín es la de los grandes constructores de ciudades.

 


El centro de la película y sus potentes imágenes son las de la construcción babélica en el que osan encumbrar y equiparar al creador, al mundo y al hombre. Se observa como María encabeza un culto (¿culto mariano?) en el que predica a los pobres obreros acerca de la construcción de Babel y como osaron aquellos en intentar llegar a ser como dioses. En ese sentido la película entiende eso babélico como una terrible inversión del orden cósmico; el hombre es elevado al poder de Dios y Dios reducido al mundo mismo. En ese sentido es posible una tecnificación del mundo, ya que Dios es solo visto como un demiurgo que puede ser imitado y replicado ad infinitum. En ese orden invertido Dios ya no es sostenedor del cosmos, es un perpetuo arquitecto, un relojero que sólo instrumentaliza la creación. Dicho Dios ya no es el escritural, es el dios bajo de los gnósticos que busca armar una materia siempre existente dándole forma. Es un simple constructor. Ya no es el hombre hecho a la imagen y semejanza de Dios, es Dios hecho a imagen y semejanza del hombre. Aunque no de cualquier hombre, sino de aquel que ostenta el poder mientras la esclavitud reduce a los demás en un homo faber que se encuentra condenado para ser un agente de transformación. Es la magnificación de lo humano y la coronación babélica siempre en construcción. La humanidad busca en lo artificial la operación mágica que le asegure la inmortalidad. Esa búsqueda es la materialización de un pneuma artificial e inmortal que se corresponde con una pérdida de lo humano frente al avance de la otredad maquinal que sustituye la obra humana, la expresión moderna de dicha figura es la IA que pone en crisis la obra con una participación cada vez menor del pensar y poetizar como capacidades inherentes de la mente. La obra en esa perspectiva deviene en mero artificio, en pantalla. Es la proyecto de una divinidad y un quehacer gnósticos.

Un dios asi concebido permite que el mundo sea susceptible de ser instrumentalizado y articulado. Deviene en una eterna apariencia que solidifica el mal como forma real en el mundo. En última instancia toda magia intenta plasmar en la realidad aquello que es imposible: imprimir en el mundo una huella manifiesta de algo que naturalmente no tiene sustancia. Todo movimiento gnóstico no es más que el intento de elevar a la materia aquello que es bajo, elevándolo al nivel de la realidad sustancial. Aquí el mal que se hallaba atado al fondo de lo no manifestado logra concretarse o coagularse como momento de lo falso elevado al nivel de lo real. En Metrópolis se usa inclusive la imagen de la virgen sacrificial, en dónde se invierte el papel de María desdoblándola en una Eva artificial llamada humano-máquina. Se da a luz no a la esperanza sino a la mera posibilidad de una parodia de la creación que sirva para alimentar los deseos de control de su amo, que es el Fredersen de la película.

Es el logro de la tecnificación e instrumentalización del mundo más allá de lo humano. Lo humano es crucificado en pos de la permanente transformación de lo mundano en aras del progreso. Metrópolis de Fritz Lang tiene como principal imagen de esa otredad técnica a la Torre de Babel y sus inocuos constructores. Desde el cartel nos presenta a los edificios de la ciudad como formas de expresar ese intento de levantarse hacia lo más alto. Señalada de tener un subtexto comunista -lo cual ponemos en duda- del cual podemos afirmar que puede o no tenerlo, lo que si bien es cierto que nos presenta poderosas imágenes religiosas para señalar un futuro donde la construcción del cyborg y la explotación son la constante. Los colosales rascacielos son el correlato perfecto edificado sobre los huesos (catacumbas) de sus constructores. El héroe Freder (rey de paz) es quien conducirá la gran reconciliación. El nombre mismo puede si se quiere ser equiparado a ese “mediador” esperado. Dicho poder tecnocrático es gobernado por Fredersen, padre de Freder, quien extiende su influencia hasta las profundidades de la ciudad de abajo, donde los obreros son explotados con el fin de mantener la ciudad de arriba, en la que la élite vive a sus anchas.

La perversión del lenguaje se presenta como una individuación que confunde la palabra, se torna vacía ante eso artificial. En ese sentido, Metrópolis de Lang es una reactualización cinematográfica del relato de la Torre de Babel, el cual se presenta a sí mismo en cada época de la humanidad como el paradigma de lo social, es decir, nos muestra toda cultura como decadente. Deseosa por erigirse y autoafirmarse como divina, exaltando a lo humano por encima de lo sagrado y de lo divino. La cadena eterna de explotación (reflejada en el proceso de fabricación en serie capitalista) no cesa hasta la espera panteísta de ese equilibrio entre lo humano y Dios. El mensaje central del filme es la búsqueda de una reconciliación meramente inmanentista, que busca lo sagrado prescindiendo de ello. Aquí el progreso no es Dios, es el medio para aspirar a eso divino. Por ello en la historia humana esa coronación siempre esta trunca, no se concreta por ser en última instancia producto del orgullo y la hybris por el conocimiento. Todos los tiempos, todas las civilizaciones son Babel.

El relato de referencia es corto y pertenece al libro de Génesis, dicha imagen teológica ha marcado el pensamiento religioso de Occidente, en Apocalipsis es retomada por Juan como misterio de la falsa religión que se opone y lucha contra Dios. Recordemos que Babel es Babilonia, como representante de la ciudad del pecado y la ramera que bebe la sangre de los justos. Hay dos aspectos de Babel: la ciudad-torre y la ramera. Ambas imágenes son la cifra política del poder destructivo: donde una se sienta, la otra se levanta. Falsa religión y poder forman una unión hierogámica que convoca lo maligno. Lo humano ya no es lo que viene del humus (tierra) aquí se transfigura en un ser que aspira al artificio, a trans-humanarse en lo artificial como simulacro de lo sagrado. Es lo humano que permanece en un movimiento incesante hacia lo aparente.  La androide de Metrópolis es un doble que intenta suplantar lo humano, reducirlo a pura exhibición y seducción. La suma de la expresión tecnológica nos es mostrada como la tecnificación de lo religioso y donde se corresponde con lo religioso tecnificado. Se corresponden porque es ineludible, Metrópolis es en el fondo la proyección de la Babel futura que hoy es realidad, el cine se convirtió en profético.

2.- Moloch.

Moloch fue una deidad terrible adorada por amonitas cananeos. Un ídolo al que sus sacerdotes sacrificaban niños que eran comprados a sus padres; para que funcionará dicho sacrificio era necesario que los padres no lloraran durante la inmolación del o los infantes. Esta divinidad era un horno con forma humana y cabeza de toro. Los niños eran arrojados a su interior y eran incinerados hasta quedar hechos cenizas.



En Metrópolis, Freder tiene una alucinación en la que observa como el horno de la fábrica se transfigura ante sus ojos en el temible Moloch. En el que son sacrificados los obreros. Aquí la identificación entre el ídolo Moloch (que viene de Melek, rey) y capitalismo es evidente, Lang en entrevista con Friedkin confiesa que no le gustó el resultado final de la película. El hecho de la metáfora entre cabeza-capitalismo y manos-obreros mediados por el corazón le resultaba no creíble. Con ello eliminamos la teoría del subtexto comunista de la cinta: En Metrópolis la revolución del obrero es puesta como caótica y destructiva, apuesta por la reconciliación entre trabajadores y élite, mediados por un humanismo sentimentalista. Algo que en una forma parece completamente utópico y por lo tanto inverosímil. Reconciliar explotación con explotado parece una solución imposible en el contexto comunista.

El culto a Moloch es prohibido y condenado en el Libro de Levítico, su adoración es vista como completamente abominable, es mencionado de forma constante por los profetas, denunciando su seducción en el pueblo hebreo. Se erige como símbolo de herejía e idolatría, de lo demoniaco y lo infernal. Su forma de horno lo emparenta con el inframundo. La metáfora del horno-fábrica en Metrópolis es una manera de colocar a la explotación fabril y el sufrimiento de clase obrera como un moderno Moloch. Un rey-dios que devora a la clase baja sacrificándolos en función del capital. Aquí aparece el terrible rostro de Moloch como la fábrica que engulle a los trabajadores; Moloch como la mercantilización de los cuerpos y la muerte. Conformando una trinidad inversa y satánica entre fábrica, mercancía y explotación.

La figura de Moloch no trasciende lo teológico, lo reafirma como paradigma de una época donde lo maquinal es el nuevo orden del culto sacrificial idolatra. El culto a Moloch no se extinguió, encontró su lugar en esos nuevos hornos de sacrificio llamados fábricas.

3.- María.

La mujer de Metrópolis de nombre María es desdoblada artificialmente en un cyborg, para ser usada como un dispositivo que divide y confunde al pueblo para destruir la máquina que sostiene a la ciudad provocando una inundación que pone en peligro a todos. Dicha mujer es presentada en las catacumbas como una predicadora y profetiza acerca del relato bíblico de la Torre de Babel, así la heroína rodeada de cruces posibilita la salvación del pueblo y la redención del visionario Freder. Su papel es el de una sacerdotisa que realiza un culto alterativo cristiano, el personaje opera desde la imagen de la virgen María.



El nombre de María significa amada o elegida por Dios, tambien significa de acuerdo a otra etimología, rebelión. En el Nuevo Testamento existen tres Marías paradigmáticas; la madre de Jesucristo, la Magdalena y la de Cleofás. Conformando una triada sufriente que padece los dolores junto con el Mesías.  María es el fiel reflejo del amor maternal y forma suprema de la mujer fiel dentro del cristianismo, por otro lado, en el Viejo Testamento tenemos a María, la hermana de Moisés, que se rebeló contra sus hermanos. Que representa la revuelta contra el orden establecido. Ambos aspectos de María están personificados en el aspecto de la María de Metropolis, tanto en la humana como la que es producto de lo artificial. La máquina del clásico del cine mudo es una María que remite a las Marías bíblicas, una es representación de la unidad y el amor, mientras que la otra lo es de la revuelta y el desorden social. La mujer robot tiene por objeto llamar a la clase obrera al caos. En ese sentido es una marioneta (recordemos que tambien la palabra marioneta es por las pequeñas imágenes de yeso de la Virgen María que durante la mal llamada edad media se colocaban afuera de las casas durante las celebraciones). Esta humana maquinal es convocada por el oscuro inventor Rotwang (mejilla enrojecida), quien opera como un alquimista y científico con conocimientos que incluyen ciencia y magia negra. Su intención es dar vida a un ser artificial que usa de modelo a Hel, la esposa muerta de Fredersen, Hel es una diosa del inframundo nórdica que tiene doble aspecto: un cuerpo dual de vida y muerte. Dicho nombre significa oculto, o debajo de la tierra. Con esos elementos simbólicos en conjunto observamos que el ginoide artificial es convocado por medio de poderes oscuros…

La María de Rotwang es un doble que provoca una lujuria destructiva que convoca a los siete pecados capitales y a la muerte (presentados en una visión alegórica de Freder). En una escena de la película la cyborg baila y fascina a la élite mientras se presenta el aspecto apocalíptico de la Gran Ramera, la articulación de eso femenino es reducido al objeto artificial y sexual, es una sexualización virtual que tiene por objeto reducir a los hombres en eternos mirones, simbolizado en los múltiples ojos que aparecen en una de las escenas del film. La María de Rotwang es el artificio mágico que invierte la imagen femenina para enemistar a los hombres y mujeres de Metrópolis, lo que provoca una terrible inundación que amenaza con ahogar la ciudad subterránea. La falsa María es quemada como bruja por el pueblo, mientras que Rotwang pelea a muerte con el héroe Freder al interior de una iglesia gótica. La gran batalla se da en el interior de la catedral terminando con la terrible muerte del científico loco. La iglesia pareciera como centro de la ciudad y el único lugar en el que se observan gárgolas, siendo el último reducto de lo antiguo en el que aparece la campana y la cruz como los elementos más antiguos de Metrópolis.

María y su poder maternal logra re-unir por medio del mediador a las dos ciudades: una representada por la cabeza (la de arriba) y la otra simbolizada por las manos. La reconciliación religa al poder y al obrero, cuestión que toma como figura la reunión simbólica entre el cielo y la tierra. Aquí aparecen al final tres figuras teológicas evidentes: el constructor, el mediador y la profeta. Metrópolis culmina en la reconciliación sagrada de la gran ciudad. Se desdibuja la gran separación. El relato de la película es el proyecto de la Babel futurista posibilitada por el fiero avance de los avances tecnológicos y sus consecuencias: tanto las operadas por las sombras como aquellas que buscan un mundo mejor. Donde la esperanza no es lo esperado, sino la urgencia del tiempo presente. Asi, la imagen del Mesías es el continuo único que le da sentido a la historia.

4.- Mediador.

El mesías de Metrópolis es un anti Mesias. Es el mesías tecnocrático que reconcilia las fuerzas del hombre a través de su lucha terrena contra el poder de su padre, es un mesías tecnocrático que al final restablece el orden para que todo siga igual. La reconciliación aparente reconduce todo a lo mismo, María como pasiva y los obreros regresando a la fábrica…

Freder es presentado como un salvador que logra vencer el rostro maligno de la tecnocracia por un rostro más amable y reconciliador. Es quien muestra a su padre que la dominación puede continuar bajo otro rostro, no resuelve la trama, sino que la consuma. Dicha lectura atiende a la actualidad en el que la tecnología parece resolver de forma providencial varios de los problemas del nuevo oscurantismo tecnocrático. Ese rostro amable es el que muestra el niño burgués Freder que toma el poder al final de la película. Ese anti-mesías es doble por sí mismo, revela y oculta la unión de lo que es inconciliable: aquí las clases no son abolidas son remarcadas. El triunfo de Metrópolis es el de mostrar una lucha de clases alternativa, donde lo humano aparezca como corte histórico con la posibilidad de que la tecnología sea considerada como paliativo a los problemas del hombre. Freder vence al viejo orden para restablecer un nuevo sistema. La imagen del hijo del demiurgo por supuesto es crística, lo vemos sustituyendo en su sacrificio al obrero que está siendo crucificado en la máquina-eterno móvil-reloj. Este cristo mediador es completamente humano y confronta a su némesis hibrido en una lucha sin cuartel. En el otro escenario la robot-María es sacrificada en el fuego como chivo expiatorio. Existe una doble sustitución alquímica que convoca a una nueva sociedad, en ese solve et coagula la maquina no es abolida es completamente transformada en el centro y corazón que equilibra un nuevo proceso, donde el obrero camina una vez más hacía una torre de Babel personal. Donde cada uno es transformado para que se sostenga la Gran Ciudad. Cada uno es ahora Metrópolis, la cinta de Lang anticipa los deseos de la Alemania después de la República de Weimar en las que el volk sea reunido alrededor de un conductor y los deseos del mundo actual, en las que lo humano sea reconvocado alrededor de la Inteligencia Artificial. En ese nuevo bautismo tecnológico quedan abolidas las fronteras y los lenguajes dominados ahora por la potencia tecnificada de una construcción virtual, Babel dejó de ser física para transfigurase en una Babel cibernética. Los palacios modernos son fantasmas en mapas de bits donde queda atrapada la imaginación y la conformación de un nuevo y terrible poder único y totalizador. En un futuro el mesías dejará su humanidad para convertirse en pura apariencia.



N.B. Rotwang aparece como un alquimista tecnocrático que representa el espíritu de división e inversión satánicas, su nombre “mejilla roja” atiene, si se quiere a la marca cainita, su guantelete negro señala la perversión de la obra. La mano negra del personaje es símbolo de la extensión que lleva a la obra a la no obra. Es la consumación del trabajo humano que desdobla y lleva a su suprema culminación la cesación el quehacer humano para dar lugar al no-quehacer de la máquina. Tiene que morir puesto que el demiurgo en su potencia se transforma constantemente para dar lugar al motor eterno del cosmos.

 



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